Escrito por Carmen González Sotelo, delegada institucional del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en Galicia e integrante del Grupo de Bioquímica de Alimentos del Instituto de Investigaciones Marinas (IIM-CSIC).
Todos sabemos, aunque a veces lo olvidemos, que somos una combinación de espacio y tiempo transitando por el universo. En algún momento, nuestra cápsula espacio-temporal coincide con otras; y, en el fondo, también sabemos que llegará un día en que el espacio, el tiempo, o ambas cosas, volverán a separarnos. Somos efímeros y, sin embargo, vivimos como si fuésemos eternos. La realidad, de vez en cuando, nos recuerda que nos equivocamos. Eso me sucedió el pasado sábado, cuando me enteré de que Ricardo Isaac Pérez Martín, con quien compartí la mayor parte de mi vida profesional, se nos había ido.
Conocí a Ricardo Pérez en 1986, en el Instituto de Investigaciones Marinas (IIM), centro de Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en Vigo. Él era entonces un joven investigador que acababa de defender su tesis doctoral sobre la mejora del proceso de fabricación de conservas de atún. Yo acababa de incorporarme al grupo de investigación de Química de Productos Marinos, perteneciente al Área de Tecnología de Alimentos del IIM-CSIC para realizar mi tesis doctoral. Desde el primer momento se interesó por el trabajo que yo iba a desarrollar durante mi tesis doctoral, dirigida por el Dr. José Manuel Gallardo, que por entonces era el jefe del grupo. Su apoyo y su ayuda fueron determinantes en el desarrollo de aquella etapa. Ese interés no era circunstancial. Ricardo sentía una curiosidad genuina por la investigación, por los temas que se desarrollaban en el Instituto y, en general, por casi todos los aspectos de la vida. Era curioso en grado extremo, con una curiosidad sistemática que le llevaba a preguntarse siempre por qué las cosas eran como eran y cómo podrían hacerse mejor. Con el paso de los años, aquella relación profesional se transformó en una amistad que permaneció inquebrantable hasta el pasado 4 de julio de 2026.
Ricardo era una persona brillante. Tenía una capacidad extraordinaria para casi todo lo que emprendía. Fue brillante en el ámbito científico, pero también en el artístico, el deportivo y el de la gestión. Casi todo se le daba bien. Lo fue en las matemáticas, ámbito en el que obtuvo la medalla de bronce en la Olimpiada Matemática Gallega de 1974; lo fue también en el deporte; en la música; como jugador del equipo de waterpolo del Club Náutico de Vigo; y lo fue, de manera muy destacada, como investigador del CSIC, como director del IIM durante ocho años y como impulsor de iniciativas que marcaron el futuro de la investigación y de la transferencia científica en Galicia.
Como ingeniero químico, su pensamiento estaba profundamente orientado a la resolución de problemas reales. Sus planteamientos eran rigurosos, y una de sus grandes fortalezas era que nunca dejaba de cuestionarse a sí mismo, aunque defendiera con autentica determinación sus ideas. Ricardo poseía una curiosidad insaciable por todos los aspectos de la vida humana. Tenía una capacidad singular para imaginar soluciones, innovar y abrir nuevas líneas de investigación, siempre adelantándose al futuro.
Su principal línea de trabajo abarcó diferentes aspectos relacionados con la ingeniería de procesos en el campo de la pesca y de la transformación de productos pesqueros. Dirigió tesis doctorales que fueron el germen de la creación del grupo de Ingeniería de Procesos del IIM, un grupo que se desarrolló notablemente y que hoy conforma el grupo de Biosistemas e Ingeniería de Bioprocesos, con cuatro investigadores de plantilla y una trayectoria brillante y consolidada.
En el año 2001 fundó el grupo de Bioquímica de Alimentos, en el que trabajaba actualmente, y cuya orientación estuvo muy vinculada a su estancia postdoctoral en el Reino Unido. De aquella estancia regresó con ideas que dieron lugar a los primeros proyectos de cooperación bilateral que mantuvimos con ese país en la década de 1990, en colaboración con Ian Mackie. Su personalidad, sus ideas y su capacidad para imaginar nuevas aproximaciones propiciaron una colaboración que duraría más de quince años. Esos proyectos sentaron las bases de una línea de investigación sobre autenticidad y trazabilidad de productos de la pesca que sigue vigente a día de hoy, con numerosas aportaciones en forma de publicaciones, patentes, la creación de un servicio técnico que incluso daría lugar a una empresa de base tecnológica.
Ricardo fue capaz, igualmente, de anticiparse a algunas de las amenazas del sector pesquero. Cuando comenzó a constatarse el problema de los descartes, supo ver no solo la dimensión ambiental y económica del problema, sino también la necesidad de plantear soluciones tecnológicas aplicables. De esa visión surgieron varios proyectos LIFE, al menos cuatro, cuyos resultados tuvieron una clara orientación hacia la mejora y la sostenibilidad del sector pesquero.
También participó como asesor en el proyecto de creación del Centro de Supercomputación de Galicia (CESGA), en unos años en los que pocos alcanzaban a ver el papel esencial que el cálculo intensivo tendría para el avance de prácticamente cualquier disciplina científica. En esa misma línea, pero en el campo de la transferencia, colaboró a finales de la década de los noventa en el proyecto de creación del Centro Tecnológico del Mar (CETMAR), impulsado por la Xunta de Galicia, el entonces Ministerio de Ciencia e Innovación y el CSIC. Dicho centro tecnológico fue concebido como una ventanilla única a la que las empresas de la pesca y la acuicultura pudieran acudir para plantear sus problemas, sus retos de modernización y sus necesidades de innovación, y para buscar soluciones en las diversas instituciones de investigación del Estado y de la Xunta de Galicia.
Como director del IIM entre 1994 y 2001, su gestión dejó una profunda impronta. Además de organizar de manera lógica los espacios del Instituto, una cuestión que no siempre es fácil ni bien acogida, logró estructurar los servicios generales, sentando las bases de muchos de los actuales. Consolidó también el servicio de informática, promovió la digitalización y favoreció el uso del correo electrónico en una época en la que la práctica totalidad de las instituciones científicas seguían comunicándose por fax. Siempre tuvo clara la importancia de los servicios generales y la necesidad de que el crecimiento de las capacidades de investigación fuese acompañado del correspondiente incremento del personal técnico y de gestión. Con algunas de esas personas mantuvo, además, una verdadera relación de amistad que se prolongó mucho después de su época como director.
Y junto a estas dimensiones científica, tecnológica y de gestión había otra igualmente importante en su vida: su vertiente humana. Ricardo pensaba en los demás. En los de arriba, en los de abajo y en los de en medio. Estaba atento a todas las personas con las que trabajaba, a sus circunstancias, a sus necesidades y a sus dificultades. Tenía una forma de ser y de estar que no dejaba indiferente.
Quienes compartimos tiempo con él sabemos, además, que su verdadera pasión era su familia. Hablaba de los suyos con cariño, con ilusión y con orgullo. Compartía sus dificultades y también la inmensa alegría que sentía cuando alcanzaban logros. Su mujer, sus hijos, sus nietos, sus amigos: todos ocupaban un lugar central en su vida.
En toda relación humana y laboral hay luces y sombras, pero en el caso de Ricardo fueron muchas más las luces que las sombras. Su legado vive en sus discípulos, en quienes trabajamos con él, en quienes compartimos proyectos, conversaciones e ideas, y también en quienes tuvimos la suerte de ser sus amigos.
No puedo expresar del todo, en estas palabras, el inmenso dolor y la tristeza que nos deja su partida. Pero sí puedo decir que Ricardo permanecerá en nosotros: en todo lo que aprendimos de él, en las líneas de investigación que abrió, en las instituciones que contribuyó a construir y, en definitiva, en la memoria de quienes tuvimos la fortuna de coincidir con él en este tramo de espacio y tiempo.
Siempre vivirá en nuestra memoria.





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